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Libro: Voces o Silencio
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Educación Educacion: LOS ÉXITOS DEL SISTEMA EDUCATIVO FINLANDÉS: Por una escuela igualitaria y de cal
Editado el Voces el Monday a las 15:05:00, el 16 March del 2015
Contribución de Voces

Por Philippe Descamps* Desde hace muchos años, Finlandia se erige en modelo de un sistema educativo de máxima excelencia por los notables resultados que obtiene en las diversas encuestas internacionales que miden el nivel de conocimientos adquiridos por los alumnos. La clave está en una concepción democrática y progresista.Para entrar en la escuela primaria de Rauma, sobre la costa del golfo de Botnia, en Finlandia, no hay que franquear ningún pórtico o cerca. Simplemente se cruza un gran patio con estacionamiento para bicicletas y juegos. Desde el gimnasio hasta la sala de música, todo parece haber sido pensado para recibir chicos...

En cuarenta y cinco minutos de clase, la profesora de inglés encadena cinco actividades diferentes. Capta la atención de todos desde los primeros segundos, gracias a una pelota que circula al mismo tiempo que la palabra. Un dispositivo que no es desconocido en las aulas de otros países, pero que, con un promedio de 12,4 alumnos por cada docente finlandés –es decir, uno de los mejores ratios alumno/profesor para la escolaridad primaria de Europa–, aquí parece resultar especialmente eficaz.

 A mediados de agosto, cuando aún no habían terminado las cosechas, Fanny Soleilhavoup y Moisy Fabienne acompañaron a sus hijos al primer día de clases por segunda vez en este país. Estas docentes francesas que se encuentran en disponibilidad para seguir a sus cónyuges no imaginaban que al elegir la escuela local, en lugar de un establecimiento francés, cambiarían tanto sus ideas sobre la educación. “Mis tres hijos están convirtiéndose en buenas personas –agrega Claire Herpin, decidida a quedarse lejos de Francia–. Los respetan en su diferencia. Respetan a los demás. Los profesores saben motivarlos y sacar lo mejor de ellos.” 

Estas familias se enfrentaban a situaciones que el sistema francés difícilmente toma en cuenta, aunque sean comunes, como la dislexia, la simple deserción o la precocidad. A algunos les costará creer en lo que estas madres describen: una escuela sin nerviosismo, sin competencia entre los alumnos, sin competencia entre establecimientos, sin inspectores, sin repitencia, incluso sin calificaciones durante los primeros años, y que tiene los mejores resultados a nivel mundial. Las evaluaciones del Programa Internacional de Evaluación de Alumnos (PISA) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) generan gran preocupación en Alemania y el Reino Unido, mientras que aún son poco comentadas en Francia y Estados Unidos, a pesar de que no están mejor posicionados. Aunque invierten en educación, estos grandes países apenas llegan a la media de la OCDE en la capacidad de los jóvenes de quince años en comprensión lectora, matemáticas y ciencias (1). 

Además de su rigor metodológico, que apunta a evitar cualquier sesgo cultural, estas evaluaciones son interesantes porque no se refieren a la adquisición de un programa, sino de un conjunto de habilidades útiles para comprender el mundo y resolver problemas en contextos cotidianos. Ahora bien, estas investigaciones mostraron a Helsinki como un modelo inesperado. Tanto en la entrega de 2009, realizada entre sesenta y cinco países, como en las tres anteriores (2000, 2003 y 2006), Finlandia aparece en el grupo que lidera los rendimientos globales, junto con Corea del Sur y varias ciudades asiáticas miembros de la OCDE (Shanghai, Hong Kong y Singapur). Además, junto con Corea del Sur, es el país con resultados más homogéneos y donde son más débiles las correlaciones entre medio socioeconómico y rendimiento escolar. El 93% de los jóvenes finlandeses termina el secundario, frente a sólo un 80% en promedio en los países occidentales (2). 

También es cierto que el país se distingue por tener uno de los niveles más bajos de desigualdad social de la OCDE.  Condiciones específicas Los resultados del PISA han atraído a un nuevo tipo de turistas. Luego de una visita en agosto de 2011, el entonces ministro de Educación francés, Luc Chatel, explicaba: “Hay una cantidad de recetas, que he visto funcionar aquí, que son transferibles”, en particular “la gran autonomía que se brinda a las escuelas” (3). 
Un año después, la revista británica Socialist Review celebraba un sistema “libre de evaluaciones” y donde “cada niño recibe un almuerzo sano al mediodía” (4). Cada analista extranjero, ya sea que provenga de la derecha liberal francesa o del trotskismo inglés, viaja en busca de tal o cual innovación que, aislada del resto, validará su propio proyecto. La prensa internacional no suele reparar en las condiciones específicas de la génesis del “modelo”, al que le han sido dedicados varios libros cautivantes (5). 

Sin embargo, aquí “descentralización” no rima con competencia entre territorios, hablar de la “participación” de los profesores no se resume en la voluntad de incrementar sus horas de “presencia” en los establecimientos, y promover la “moderación” del gasto no encubre el deseo de beneficiar a prestadores privados. “¡Olvídense del PISA! –lanza Jukka Sarjala, uno de los artífices de la reforma escolar en la década de 1970–. Por supuesto que estamos orgullosos de este reconocimiento de nuestro trabajo. Pero tenemos que mirar a nuestro sistema como un todo y no puntualizar sobre tal o cual aspecto.” Más que en una doctrina, el éxito finlandés encuentra sus raíces en la tradición política de los países nórdicos, apegada a los logros concretos del Estado de Bienestar. 

El profesor Pasi Sahlberg, convocado para develar la receta pedagógica en un estudio del canal de televisión estadounidense PBS, el 10 de diciembre de 2010, responde con una amplia sonrisa: “Como saben, en nuestro país la educación es gratuita para todos, ¡desde el preescolar hasta la Universidad!”. Con estos supuestos, se hace muy difícil hacer comparaciones con el modelo estadounidense... En Finlandia, la gratuidad no sólo se aplica a la enseñanza. Hasta los dieciséis años, la comunidad se hace cargo de todos los materiales, así como del apoyo escolar, el almuerzo, los gastos de salud y el transporte hasta el establecimiento del distrito. El financiamiento proviene en su mayoría de las trescientas treinta y seis municipalidades, pero el Estado armoniza los recursos. Así como sólo participa en un 1% del presupuesto escolar en la municipalidad más rica, Espoo (cerca de Helsinki), en promedio provee el 33% de los recursos (6), y en las comunas pobres llega a aportar el 60%. 

El gobierno también desalienta la apertura de escuelas privadas. En la década de 1970 desaparecieron casi todas (menos del 2% de la planta docente, frente al 17% en Francia), salvo las escuelas asociativas de pedagogías alternativas, del tipo Steiner o Freinet. Esta prestación pública unificada no es particularmente onerosa, sino todo lo contrario. En términos de paridad de poder adquisitivo, Finlandia gasta menos dinero por alumno en la educación primaria y secundaria que la media de los países occidentales, y mucho menos que Estados Unidos o el Reino Unido (7). Se hizo hincapié en la calidad de los directivos, el número y la formación de profesores: la profesión docente se volvió muy respetada y codiciada, incluso cuando se requiere de una formación larga (al menos cinco años de universidad, generalmente más) y aunque los sueldos siguen más o menos la media occidental (8): al inicio de sus carreras son significativamente más altos que los sueldos franceses (36% más en primaria, 27% en secundaria) y se equiparan hacia el final de la carrera. Sólo uno de cada diez candidatos a la docencia llega a la meta. Además, se espera de los profesores un compromiso tan fuerte que no es extraño que algunos confíen sus números de teléfono o dirección de correo electrónico a los padres. Buena parte de la capacitación (mínimo un año) no se dedica a los contenidos a transmitir, sino a la pedagogía: a la manera de transmitirlos. 

La directora de la escuela primaria de Rauma, Ulla Rohiola, define su misión: “Tenemos el deber de integrar a todos los niños. ¡Cada uno de ellos es importante!”. Cualquier discapacidad, diferencia, dificultades sociales, afectivas o escolares, debe encontrar una respuesta. “Si te sentís cómodo en el grupo y aprendés según tu nivel, no te frustrás –dice–. Cuando de forma cotidiana se tienen en cuenta las necesidades de cada uno, un niño rápido puede convivir toda su escolaridad con un compañero más lento.” Mientras que el modelo internacional promueve los indicadores de rendimiento, las auditorías y las clasificaciones, los educadores finlandeses defienden otro uso de las evaluaciones. Deben ser un instrumento de reajuste de las herramientas o los métodos que sirven para el desarrollo de los docentes y los niños, nunca una herramienta de control o competencia. Es por ello que las evaluaciones se realizan por muestras y no a nivel nacional. Cada uno conoce sus resultados, pero no los de las demás escuelas. Varias municipalidades han luchado contra los periódicos que querían publicar clasificaciones. Y en los casos en los que los tribunales fallaron en contra del Estado, buena parte de la prensa prefirió llamarse a silencio. “En la década de 1990, se promovió la competencia entre las escuelas, incluso un legislador conservador de Helsinki las invitó a hacer publicidad. Hoy en día, se comprendió que era un error”, explica Susse Huhta, profesor de finés en Helsinki. Con la abolición del mapa escolar, la búsqueda de las escuelas más prestigiosas, un fenómeno marginal en el interior, se impone en la capital, donde el 30% de los niños en la Clase 7 (13 años) no va al establecimiento de su barrio. 

Según Tuomas Kurttila, director de la Liga de Padres, esto no hace más que responder al rápido crecimiento de la desigualdad y la evolución social en Finlandia: “Nuestra política educativa corre el riesgo de convertirse en una simple vitrina, mientras que nuestras políticas sociales se degradan. Los logros de hoy se construyeron en las décadas de 1970 y 1980. Los logros del mañana se construyen hoy. Todavía hay demasiados chicos que no cumplen con la escolaridad obligatoria. Soy optimista, pero debemos permanecer atentos ante el aumento de las disparidades”. “Se le pide a la escuela que responda a todos los problemas de la sociedad. Algo que muy difícilmente puede hacer”, añade Petri Pohjonen, director del Ministerio de Educación. Luego de dirigir durante mucho tiempo una escuela y después el Departamento de Educación de la ciudad de Vantaa, cerca de Helsinki, Eero Väätäinen resume un sentimiento ampliamente compartido entre los docentes finlandeses: “Debemos recordar que los niños no están en la escuela para rendir exámenes. Vienen a aprender la vida, a encontrar su propio camino. ¿Acaso podemos medir la vida?”. 

En el país europeo mejor ranqueado en los podios internacionales, se desconfía mucho de los rankings.  1. OCDE, Résultats du Pisa 2009, seis volúmenes, OCDE, París, 2011.2. Estadística de la OCDE, 2010.3. “En visite en Finlande, Chatel prépare la rentrée et 2012”, Les Echos, París, 19-8-2011.4. Terry Wrigley, “Growing up in Goveland: how politicians are wrecking schools”, Socialist Review, Londres, julio/agosto de 2012.5. Paul Robert, La Finlande: un modèle éducatif pour la France? Les secrets de la réussite, ESF éditeur, 2008; Pasi Sahlberg, Finnish Lessons: What Can the World Learn from Educational Change in Finland?, Teachers College Press, 2011; Hannele Niemi, Auli Toom y Arto Kallioniemi, Miracle of Education, The Principles and Practices of Teaching and Learning in Finnish Schools, Sense Publishers, 2012.6. Datos del Ministerio Nacional de Educación, Opetushallitus, agencia independiente encargada del seguimiento de los programas y la evaluación de la enseñanza primaria y secundaria.7. OCDE, Regards sur l’Éducation, 2010.8. Idem.

Fuente: Le Monde


 
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