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Libro: Voces o Silencio
"... “Voces o silencio”, el texto no sólo aporta –y mucho– al trabajo de los profesionales que desarrollan su tarea con sujetos con sordera o hipoacusia, sino también a esos sujetos y, fundamentalmente, a su entorno familiar..."
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Cuentos Cuentos: El cabalista
Editado el Voces el Thursday a las 09:40:00, el 01 November del 2007
Contribución de Voces

El desconocido trepaba por el borde del barranco, en cuyo fondo corría, angosto y rumoroso un arroyo. Se veía claramente su curso hasta el punto en el que nacía entre peñascos, al pie de un ventisquero. Al otro lado crecían unos cuantos árboles, ahogados pronto por la roca. Cimas cubiertas de nieve, que al ser heridas por el sol, cegaban con su deslumbrante blancura, trazaban una caprichosa línea quebrada en el intenso azul del cielo y cerraban con arco inmutable el valle cimero.
El desconocido trepaba con paso precavido y prudente, no muy ágil, pero firme y regular. Atravesaba arroyos, neveros y rocas resbaladizas. Al cabo se detuvo en una saliente, ante la cual se abría el amplio arco de murallas de hielo. A sus pies extendía un ventisquero su vasta superficie desnuda y agrietada...

otro glaciar desembocaba a uno de sus lados y todos y todo terminaba en la roca desolada y calva. Aquí y allá se alzaban peñas enormes de quebradas líneas enigmáticas, y sobre todo ello resplandecía irónica, soleada e inaccesible, la noble curva suave de las cimas nevadas. 

El desconocido se sentó en el suelo, apoyó el codo en la rodilla y en la mano el rostro carnoso, rasurado y pálido, y miró. Por encima de su nariz pequeña roma, se abrían sus ojos de tono gris oscuro, desmesurados, en el rostro achatado y lleno, y penetrados de una sombría tristeza sin esperanza. La frente, estrecha y larga, gravitaba sobre las cejas pobladas. Sentado en el suelo, con las piernas en ángulo agudo, apoyado el codo en la rodilla y en la mano el rostro, el desconocido miraba.

¿Sería aquello lo que tanto buscaba? Todo rostro humano debe tener su correspondencia en una parte de la tierra. Buscaba un trozo del mundo en el que un rostro humano respondiera a su mirada más grande, descifrable y significativa, el rostro de aquel hombre, del cual él era prisionero. Buscaba la corriente que unía a aquel hombre y le unía, por lo tanto, a él mismo con los astros, el Verbo y la eternidad.

Encogió más las piernas y se habló a sí mismo, con voz sombría, quebrada y discordante, cantando casi los versículos de la revelación misteriosa. La piel, la carne, los huesos y las venas, no son más que un vestido, una envoltura y no el hombre mismo. Pero la ordenación del cuerpo humano entraña los secretos de la suprema sabiduría. Como en el firmamento que envuelve la tierra hay estrellas y constelaciones que nos revelan profundos misterios, así tambié hay en la piel de nuestro cuerpo, líneas y pliegues, señales y trazos, que son las estrellas y las constelaciones del cuerpo, y entrañan su misterio; y el sabio las lee y las interpreta.

¡Venid y ved! El espíritu cincela su propio rostro y el iniciado lo descifra. Cuando los espíritus y las almas del mundo superior se forman, toman forma y estructura precisas, que se reflejan luego en el rostro del hombre.

Enmudeció. No pensar. Aquellas cosas no podían ser pensadas, pues al pensarlas se las destruía. Había sólo que contemplarlas o dejarlas quietas.¿Era aquel el rostro que buscaba? ¿Soledad, hielo y piedra, el mágico, irónico esplendor azul por encima y un arroyo que fluía trabajosamente? ¿Bloques de piedra alzando sobre el hielo hendido, perfiles sombríos e incoherentes? ¿Era aquel el rostro que buscaba?
Se hundió aún más profundamente en sí mismo, ahogando toda impresión ajena a lo buscado. Tres surcos breves y profundos, casi perpendiculares a la nariz, se dibujaron en su frente, formando la letra sagrada, la shin, inicial del nombre de Dios, Shaddai.

La sombra de una gran nube oscureció los ventisqueros. Las cimas que alzaban hacia el infinito su línea delicada, siguieron resplandeciendo irónicas bajo su nieve deslumbradora. Un buitre surcaba la inmensidad azul trazando serenos círculos por encima de las rocas del valle cimero.

El hombre acurrucado en la saliente de la roca, diminuto en el vasto paisaje, absorbía aquellas líneas. Las de la piedra, la soledad y el hielo agrietado. El delicado resplandor irónico, la nube, el vuelo de las aves, la sombría incoherencia de los bosques de granito, el presentimineto de los hombres de abajo y del ganado que pacía. Respirando apenas, miraba y comprendía. Comprendía.

de Lion Feuchtwanger


 
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