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Libro: Voces o Silencio
"... “Voces o silencio”, el texto no sólo aporta –y mucho– al trabajo de los profesionales que desarrollan su tarea con sujetos con sordera o hipoacusia, sino también a esos sujetos y, fundamentalmente, a su entorno familiar..."
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Historias Historias: Las palabras del cuerpo
Editado el Voces el Saturday a las 08:55:00, el 18 March del 2006
Contribución de Voces

Silvone escribió:


Silvana De Simone logró -con enorme dificultad por falta de apoyo- hacer una carrera docente, a pesar de haber perdido la audición a los siete años. Profesora de Cerámica y auxiliar de Lengua de Señas en escuelas de educación especial, habla aquí de esa casi desconocida –cuando no menospreciada– comunicación gestual, “de cuerpo a cuerpo, muy emocional, muy carnal, que tiene una manera de describir el mundo, muy diferente a las palabras”...

“Quisiera poder decir que todo comenzó con una gran vocación, pero lamentablemente no puedo; esto es un poco menos romántico. Pienso que hice lo que pude hacer, lo que me dejaron hacer. Lo cual no quiere decir que hoy no me sienta muy contenta de estar donde estoy. En este momento, definitivamente, no podría hacer otra cosa”.



Quien elige comenzar a contar su historia a partir de esta suerte de confesión es Silvana De Simone, profesora de Cerámica en la escuela de educación especial Nº 34 Gral. San Martín y auxiliar de Lengua de Señas en la escuela de educación especial Nº 28 B. Ayrolo, ambas de la Ciudad de Buenos Aires.

La vida de Silvana consiste en una extensa búsqueda en la que no siempre, o mejor dicho, muy pocas veces, se sintió acompañada: “Mi vida siempre fue caminar mucho, buscar, y la mayoría de las veces tuve que arreglármelas sola”, expresa.

Andando, encontró un oficio que a esta altura no está dispuesta a dejar: la enseñanza. Y valiéndose de señas, les muestra a los otros que el camino no tiene por qué ser uno solo.

** VOCACIÓN PARA UNOS POCOS
Silvana perdió la audición a los 7 años, mientras cursaba la escuela primaria, y recuerda: “En ese tiempo no existían maestros integradores ni ningún tipo de apoyo para un chico que estaba en la escuela común con una discapacidad. Pero tampoco me recibían en una escuela especial porque ya sabía hablar, leer y escribir. Así que no entraba en ninguno de los dos mundos. Lo recuerdo como un momento de mucho dolor e incomprensión. La maestra a veces me retaba porque estaba distraída. ¡Y estaba distraída porque no la escuchaba! Pero ella no pensaba en ninguna estrategia ni en cómo podía hacer para acompañarme”.

“Eso de la vocación es para algunos, no para todos”, dice Silvana cuando su memoria la lleva a la época en que concluyó la escuela media: “Cuando terminé la secundaria quería hacer algo pero no tenía muchas opciones. Finalmente, encontré una institución en la que me sentí bien recibida y empecé a estudiar cerámica, que era una de las cosas que me gustaban, una rama del arte”.

La opción de Silvana por la docencia fue tardía, y allí conjugó cierta atracción por la idea de enseñar con la necesidad de procurarse un ingreso fijo que le permitiera subsistir. Pero una vez más, a su deseo de estudiar se le antepuso una dificultad: “Cuando quise hacer el profesorado de Cerámica me encontré con una ley de los militares que excluía de la carrera docente a aquellas personas que no cumplían con determinadas características físicas.Tuve que pedir una entrevista con el Ministro de Educación para conseguir una excepción”.

Silvana también intentó estudiar Sociología y Licenciatura en Artes Visuales en la Universidad de Buenos Aires, y esa vez no fue una vetusta normativa sino la falta de apoyo lo que la obligó a abandonar. “Cuando fui a pedir colaboración, una funcionaria me dijo que una sorda que va a la Facultad no necesita ayuda”, cuenta.

“Salvo el año pasado, cuando terminé un postítulo en ‘Nuevas alfabetizaciones’ que depende de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires –donde por primera vez en los estudios pude recurrir a la ayuda de un intérprete de lengua de señas–, recuerdo todos mis estudios como espacios donde tuve que arreglarme sola”, agrega.

“Salvo el año pasado, cuando terminé un postítulo en ‘Nuevas alfabetizaciones’ que depende de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires –donde por primera vez en los estudios pude recurrir a la ayuda de un intérprete de lengua de señas–, recuerdo todos mis estudios como espacios donde tuve que arreglarme sola”, agrega.

** ACOMPAÑAR ENSEÑANDO



En 1984, Silvana se recibió de profesora de Cerámica, y el primer cargo que consiguió fue en una escuela de ciegos adultos: “Pensé que iba a ser muy traumático porque yo me manejo mediante la vista y a ellos les sucede exactamente lo contrario, se manejan a través del oído. Sin embargo, hace 20 años que estoy ahí y me gusta muchísimo la experiencia. Hago un trabajo muy interesante, es como una exploración”.

Silvana tuvo muchas experiencias docentes, tanto dentro como fuera del ámbito de la educación especial, hasta que hace 5 años se le presentó la oportunidad de tomar un cargo de ayudante de Lengua de Señas en una escuela para niñas y niños sordos: “Entré en un mundo donde todo se maneja con los ojos y las manos. Así como hice una carrera que se considera un arte menor, de pronto comencé de lleno a trabajar con una lengua también entendida como menor. Es un mundo donde todo lo que sos, desde los pelos hasta el corazón, todo pasa por la visión”, cuenta.

Los cargos de ayudante de Lengua de Señas se crearon hace poco y todavía no tienen una función bien definida. Comenta Silvana: “Intérprete no soy, porque para serlo tendría que escuchar.Tampoco les enseño a los chicos la lengua de señas, porque ésta se aprende en la socialización con los pares.A lo sumo los ayudo a prestarle más atención a lo que están diciendo, a expresarse, a abrirles más el panorama. Lo que hago es acompañar los contenidos curriculares que me ofrece la maestra, pero yo en Lengua de Señas puedo ir más rápido. Muchas veces el cargo está separado, como si dijeran: ‘Vos ocupate de hablarle al chico en lengua de señas, que yo le enseño a leer y escribir’”.

Enseñar desde la lengua de señas produjo en Silvana muchos quiebres en su identidad y en su historia personal: “Siento que ese chico está solo, abandonado, como yo me sentí muchas veces.Y siento que necesito, que quiero acompañarlo. No es algo que elijo, es algo que me elige, que no puedo dejar de hacer, es como si me faltara el aire para respirar; lo tengo que hacer, es así”, dice emocionada y continúa: “Al mismo tiempo, siento que tengo una responsabilidad muy grande. Tengo miedo de transmitir cosas equívocas, pero también siento que debo correr ese riesgo, porque es preferible que yo me equivoque, y no que nadie nunca haya hecho algo por estos chicos, para ayudarlos a expresarse, a valorar su lengua y a pensar las cosas desde otro punto de vista”.

** UN MUNDO MARAVILLOSO
“Cuando apareció la sordera, todos los sonidos desaparecieron, y lo único que me quedó fue lo que podía leer: me aferré con alma y vida a la lectura”, dice Silvana. Ya de grande, sus ojos y sus manos se agarraron de la vitalidad de la lengua de señas: “De a poco empecé a sentir que era algo maravilloso, sumamente útil, que podía sustituir muchas cosas”, se entusiasma. “La lengua de señas es ágrafa, no tiene transcripción escrita ni leída. Eso es una gran ruptura, porque te conectás con una lengua que se transmite de mano en mano, de cara a cara, de cuerpo a cuerpo, es muy emocional, muy carnal. Tiene una manera de describir el mundo muy diferente a las palabras del idioma español. Mientras que el español explica y explica con más y más palabras, la lengua de señas resume un montón de cosas en una seña y es muy poética. En una sola seña se pueden juntar pronombre, verbo y adverbio. A la lengua de señas le gusta la analogía; para definir algo podés usar un ejemplo, una comparación. Es una manera de pensar en imágenes muy difícil de explicar, pero me parece fascinante y lo que duele es que se desconozca y se desvalorice tanto. Es tan importante para la vida”.

La desvalorización de esta lengua está relacionada, en parte, con el mandato de oralización que pesa sobre los sordos. Respecto de este tema, Silvana plantea su opinión: “Todas las personas sordas queremos hablar, es algo innegable. La oralización es una necesidad, pero también un mandato, una orden, una exigencia. Como si toda la educación del niño tuviera que pasar exclusivamente por oralizarlo. El abanderado, el que pasa de grado es el que se oraliza, y no el que comprende, el que actúa, el que siente, el que se desarrolla y que quizás también se oraliza”.

“Veo la escolarización y la alfabetización de las niñas y los niños sordos como algo muy rígido y estructurado. Creo que falta mucha interacción entre las lenguas, mucho diálogo entre dos formas de construcción del mundo, dos mensajes muy distintos, entre nuestra cultura visual y una cultura donde casi todo pasa por el oído”, concluye.

La desvalorización de esta lengua está relacionada, en parte, con el mandato de oralización que pesa sobre los sordos. Respecto de este tema, Silvana plantea su opinión: “Todas las personas sordas queremos hablar, es algo innegable. La oralización es una necesidad, pero también un mandato, una orden, una exigencia. Como si toda la educación del niño tuviera que pasar exclusivamente por oralizarlo. El abanderado, el que pasa de grado es el que se oraliza, y no el que comprende, el que actúa, el que siente, el que se desarrolla y que quizás también se oraliza”.

“Veo la escolarización y la alfabetización de las niñas y los niños sordos como algo muy rígido y estructurado. Creo que falta mucha interacción entre las lenguas, mucho diálogo entre dos formas de construcción del mundo, dos mensajes muy distintos, entre nuestra cultura visual y una cultura donde casi todo pasa por el oído”, concluye.

** CÓMO EXTENDER LA MIRADA
“Es como un mundo de ciegos inserto en el país de los sordos —opina Silvana refiriéndose a las escuelas de sordos—, porque no está desarrollado todo el potencial visual que un niño precisa. La persona sorda necesita poder extender la mirada, ver qué pasa más allá de su pequeño mundo acotado. Necesita que haya paredes traslúcidas, que se pueda ver la sombra del otro lado, para saber si hay gente; si apagaron las luces, si se fueron. Necesita que haya espejos, resonancias no acústicas, llamadores con luz para poder avisar cuando alguien está hablando”, expresa Silvana cuando se le pide que describa su escuela soñada.

“Imagino una escuela con mucha cultura visual, con mucha tecnología de la imagen (pantallas gigantes, computadoras dentro de las aulas). Los actos escolares, por ejemplo, tendrían que estar pensados como shows visuales”, dice enfática. Ella sueña con una escuela que incorpore la accesibilidad visual, y en la que todos, sordos y oyentes, hablen en lengua de señas. Y por qué no, una escuela cuyo director sea una persona sorda.

Silvana se sirve del envión –no solo de su imaginación sino también de sus anhelos– para atravesar los límites de la escuela: quiere personas sordas que participen en la política, que tomen decisiones, que generen proyectos; quiere que la lengua de señas esté en cualquier institución, que haya médicos, abogados formados en lengua de señas.Y aprovecha para contar que está colaborando en un debate internacional para la Declaración de los Derechos de las Personas Discapacitadas.

“A medida que me voy conectando con personas o voy actuando y participando en espacios que estaban cerrados para mí, me siento menos sola”. Y sigue: “Cuando percibo que el otro está atento a mi peculiaridad, a las pequeñas cosas que necesito para desenvolverme, para conversar, para informarme, no me siento discapacitada. Yo necesito constantemente que me ayuden a comprender el mundo; porque el mundo es complejo para todos; pero para mí, para las personas sordas, es más complejo todavía”.

Con una saludable avidez por superar esa sensación de soledad que la embarga desde chica —y que no termina de irse del todo—, y con una necesidad vital de acompañar y sentirse acompañada, Silvana ingresó al mundo de la docencia. Desde allí, pone toda su pasión en establecer diálogos, entrecruzar mundos y generar puentes, enseñando, no solo a las personas sordas, a hablar con las manos, a escuchar con los ojos y a extender la mirada.

Ana Abramowski

Nota extraída de www.me.gov.ar


 
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